martes, 24 de septiembre de 2024

El hockey no es un juego de zurdos

Sabía lo del Polo, que otro día detallaremos, pero nunca había reparado en el tema de que el hockey sobre césped es un deporte que se practica exclusivamente en modo diestro. 

Para jugar hockey no se puede ser zurdo. Es imposible. Tanto las reglas que gobiernan el uso del palo o bastón como el diseño obligan a utilizar la cara plana y, por ende, el brazo dominante siempre es el derecho. Es una regla básica y elemental, inamovible hasta ahora, en un deporte antiquísimo. De tan inherente esta característica, podría decirse que es un símbolo: en el juego y en la cancha se debe ir por derechas.

Fuente: https://www.invasor.cu/es/deportes/un-campo-zurdo-para-un-deporte-derecho


jueves, 19 de septiembre de 2024

Las Leonas no son zurdas

 




Vi en vivo cuando Las Leonas se subieron al podio para recibir la medalla de bronce tras haber obtenido el tercer lugar en los Juegos Olímpicos de París 2024. 
Fue por TyC Sports. Todos rieron. 
¿Por qué es un buen presagio subir con el pie derecho? ¿Por qué es un mal augurio, entonces, hacerlo con el pie izquierdo?


miércoles, 18 de septiembre de 2024

Ni Messi ni Maradona son zurdos





Las fotos del Diego jugando al tenis o de Messi firmando autógrafos revelan un dato que no siempre se tiene en cuenta cuando se los califica: su mano dominante es la derecha. O sea, son diestros. El hecho de que le peguen a la pelota con la pierna izquierda no los exime de pertenecer al 90% de la población que predica el adiestramiento. 

De hecho, lo que ellos (y muchos otros futbolstas de elite) tienen es una condición conocida como "lateralizad cruzada". O sea, tienen un "trastorno" que afecta al 25 por ciento de la población, según consigna La Nación en esta nota

En el caso de Messi, la lateralidad cruzada se da en la relación óculo-manual (ojo izquierdo y mano derecha) y manual-podal (mano derecha y pie izquierdo). En cambio, la lateralidad es homogénea en la relación óculo-podal, que es la más importante a la hora de entrar a un campo de juego.


Maradona, mismo caso. Y la mayoría de los jugadores zurdos que conocemos hoy. 

De hecho, aproximadamente el 25% de los futbolistas que pisan los campos de juego cada año son zurdos, pero solo el 10% lo es en realidad. Sacando cuentas rápidas, entonces, hay un 15% de jugadores de fútbol que son zurdos impostores, o sea, le pegan con la derecha pero escriben con la izquierda. El otro 10% debería estar atribuido a los zurdos naturarles (zurdos zurdos le dicen también en los comentarios deportivos cuando hacen referencia a que "Es un zurdo muy zurdo"). 

Hay excepciones. Claro. Zurdos genios con el pie que son zurdos de verdad. Tal vez uno de los más conocidos es Ángel Di María. No hay lateralidad cruzada y Fideo, zurdo de verdad, sobresale igual.

Haaland también. 

El fútbol es el único deporte que se juega con la pierna como herramienta principal. Salvo los arqueros, los jugadores de campo dependen en la mayoría del juego de dominar la pelota con la pierna y ahí es donde interviene el concepto de pierna hábil. Es el único deporte, como su nombre lo indica, que tiene estas características. 

En menor medida, el rugby y el fútbol americano se valen de la destreza del miembro inferior, pero no mucho más. En todos los demás deportes la mano es el miembro y componente principal del juego. Por eso, los zurdos tenistas o boxeadores son realmente zurdos. O basquetbolistas, golfistas o jugadores de hockey. Ginóbili, Monzón, Vilas, todos genios zurdos, además de practicar el deporte con la mano izquierda, firmaron autógrafos y contratos con ese miembro sagrado. 



En el plantel de primera de River hay 7 futbolistas (sobre 33 profesionales, es decir, el 21%) que declaran que su pierna hábil es la izquierda: Ramiro Funes Mori, Enzo Díaz, Marcos Acuña, Pity Martinez, Nacho Fernández, Mastantuono e Ian Subiare. ¿Cuántos de ellos escriben con la zurda? Ninguno. 0.

Hay un caso opuesto de lateralidad cruzada. Zurdo con pierna hábil derecha. ¿Quién? el chileno Paulo Díaz.


 


sábado, 20 de julio de 2024

Cuándo llega ese Chulo

Hace no muchos años, creo que fue en 2019 o 2018, cuando todavía estaba Beby, alguien hizo por fin la pregunta: 

"Chulo, ¿desde cuándo te dicen Chulo?" Eso se dirá más adelante, pero no me puedo olvidar del día en que mi abuelo me llevó al cine. 

Éramos él y yo solos. Entre todos sus nietos (hoy 23, en aquel entonces habremos sido 12 o 13) me eligió a mí. No como cuando fuimos con mis hermanos a ver el Circo de Moscú en el Luna Park o en 1993 cuando nos llevó a todos los Migone a ver Jurassic Park al cine de Belgrano. 

 Tuve que investigar para recordar con precisión cercana la fecha. De acuerdo con IMDB, el estreno en la Argentina fue en noviembre de 1987. O sea, yo tenía más de 7 años y completaba la cursada de mi segundo grado en el colegio Pilgrim's. 

A la vuelta, me dejó en el Blooming, el jardin de infantes del que había egresado hace dos años y en el que María o Nacho celebraban el Familiy Day junto con Mamá y Papá. En el país la película que vimos se conoció como "SOS hay un loco en el espacio". El título original es "Spaceballs", nada menos que la parodia de Star Wars dirigida por Mel Brooks. 

Fue en el cine Metro, Cerrito-9 de Julio, a pasitos del Obelisco. Estoy 99% seguro de que así fue. Muchos años después le recordé esa epopeya infantil a Chulo. "¿Te acordás cuando me llevaste al cine Metro a ver esa película que era una joda de La guerra de las galaxias?", lo indagué. "Me acuerdo -contestó-. Pero no fue en el cine Metro. Fue en cine Gaumont". 

No le quise discutir, pero ya era lo suficientemente grande y culto como para saber que mi memoria infantil era indeleble y que en el Gaumont se proyectan casi exclusivamente películas argentinas. Chulo era así. Le gustaba revolver en el pasado. A su manera o como haya ocurrido objetivamente, no importaba. Largas historias de su vida. A veces interesantes y bien narradas. A veces, no tanto. Sus highlights que yo recuerdo: el largo viaje a Estados Unidos donde fue escriba e intérprete de Ababo, con la reunión con Roosvelt como pináculo del derrotero americano; luna de miel en la Europa de posguerra; y los safaris en la Sudáfrica del apartheid. 

En las reuniones en Pacheco contaba chistes que se repetían año tras año y levantaba la voz por las barbaridades que acontencían en el país y los desastrozos que eran los políticos de turno. Era un abuelo con forma de abuelo. Visualmente era el abuelito de las propagandas. Una vez, dijo Beby, mientras hacía un trámite del banco, una scouter de publicidad lo quiso tentar para participar en un comercial. Uno de mis primeras memorias de chico tiene la imagen del "autazo". Era un auto rojo, a pedal. Me lo regaló Chulo y cada tanto lo recordábamos juntos. 

Dormía la siesta en el sillón del escritorio. Desde ese lugar seguramente también pensaba el mundo, entre libros y recortes de diario que guardaba prolijamente en carpetas y folios. Encima de la puerta corrediza estaban los gordos volúmenes con los discursos de FDR, el primero de los cuales estaba autografiado para al ingeniero Migone. 

Dedicó una buena parte de vida adulta a la educación. Desde su condición de rotario armó la Fundación del Rotary Club de San Isidro, con sede en Martín y Omar 396, el escritorio. El que fuera mi domicilio en el DNI durante casi 30 años. En junio de 2010 le dieron el reconocimiento que merecía. Según consignaron medios zonales: 

El Ateneo de Estudios Rotarios condecoró a Luis M Migone, integrante del Rotary Club de San Isidro, con el Premio Rotario del Año. La ceremonia tuvo lugar el sábado pasado en la USAL de Pilar y se realizó en el marco de la IIIª Asamblea del Distrito 4825, ante la presencia de un auditorio colmado de representantes de todos los clubes del Distrito. 
(...) 
A la vez, reconoció el fruto fecundo de su trabajo, imposible de llevarse a cabo sin la colaboración de todo el Club. Y realizó un reconocimiento muy emocionado a su familia que le permitió dedicar horas a su trabajo de rotario de San Isidro. 
 Al finalizar, Migone dijo con palabras muy elocuentes: “Trabajemos para consolidar en la sociedad el poder para amar y desterrar el amar para el poder”. Todos los asistentes, de pie, rindieron su homenaje con un prolongado aplauso. También fue distinguido antes de eso cuando San Isidro cumplió 300 años, en 2006.

Fue elegido como uno de los 300 sanisidrenses destacados y le dieron una planta que tal vez Beby haya hecho crecer en el jardín. En el mismo parque hubo bananas, paltas, nísperos, duraznos y muchos árboles. Pero a Chulo le gustaba en sus últimos años cosechar limones y repartirlos cuando íbamos a visitarlos. 
De tanto en tanto desempolvaba y mandaba a arreglar el proyector y convocaba a alguna función para que veamos películas y grabaciones familiares en, creo, Súper 8. Allí estaban entre otras las historias de Rompococo, un gigante medio falopa que fue su caballito de batalla a la hora de narrar cuentos a los más chicos, por varias generaciones. 

Los trenes Marklin, el Mecano, los rompecabezas: objetos que forman parte de mi infancia, de mi adolescencia, de mi vida adulta. En todos ellos está el imaginario chulense. Desde las nevadas sierras de La Cumbre le escribí una carta en 1990. La casa El Mirador fue testigo de tres vacaciones de invierno de los Migone y De Las Carreras. Nunca me las voy a olvidar. 

Cuando María se empeñó en sacar la ciudadanía italiana convocó a todos los Migone a participar. El primero (y único) que aceptó el convite fue Chulo, que aportó financiamiento y documentación para el trámite, que salió finalmente en 2011. Chulo estaba orgulloso de esa historia. Sacó el pasaporte italiano, incluso sabiendo que probablemente nunca lo usaría. 

En el mismo jardín donde cosechaba los limones Chulo cerró los ojos por última vez durante la tarde del viernes 28 de junio de 2024. 

"Sabés desde cuándo me dicen Chulo?" -le contestó a Agus, la que formuló la pregunta que parecía un tabú esa tarde de 2018, o 2019- "Me dicen Chulo desde antes de que yo naciera. Porque había una amiga de mi madre que era española y le preguntaba todo el tiempo a mamá, que estaba embarazada, '¿Cuándo llega ese Chulo?'". 

Chulo nació en Buenos Aires el sábado 23 de mayo de 1925.

jueves, 18 de abril de 2024

Confesiones de un zurdo en un mundo de diestros: Episodio 1

La siguiente es una serie de ensayos irregulares sobre un tema que tal vez algún día tome forma y se convierta en un proyecto. 

Soy zurdo desde que tengo uso de memoria. O sea, desde siempre. No tengo recuerdos de mi primer encuentro con esa condición. No me acuerdo cómo aprendí a escribir con la mano izquiera ni por qué le pego a la pelota mal, pero con la zurda. 

Tampoco sé por qué para comer sí soy diestro (es decir, sostengo el tenedor con la izquierda y el cuchillo con la derecha). No sé si alguien me adiestró a propósito. Ni por qué el mouse de la computadora puedo dominarlo con la derecha. 

Aprendí a tocar rudimentariamente algunos acordes en la guitarra, como la tocan los diestros. Nunca fui muy hábil ni lo seré con el instrumento pero recuerdo un día a los 11 años cuando tomé por primera vez una criolla y la profesora me dijo: está al revés. Claro, la había agarrado como a mí me parecía que se debía hacerlo, con el mango a la derecha. Pero las cuerdas no estaban invertidas, así que no quedó otra que intentarlo como lo hacen los diestros, o sea, 9 de cada 10 personas. 

Raquetas de tenis, padel o ping pong? Todas las tomo con la zurda. ¿Golf? Zurdo. 

Cuando fuimos de luna de miel a Sudáfrica alquilamos un auto con dirección manual. Sólo entonces me di cuenta que lo que parecía que sería una tragedia imposible de sobrellevar (manejar por la izquierda y con el asiento del conductor a la derecha) era bastante cómodo para mí que soy zurdo... porque hacía los cambios con mi mano hábil ya que la palanca estaba a la izquierda del volante.

En el colegio cuando usaba lapicera me manchaba la mano, y la hoja. Siempre le eché la culpa de mi desprolijidad y mala caligrafía a mi zurdés. Con el tiempo descubrí que no era eso, era yo. Mi hermana, por caso, es zurda y tiene buena letra. 

Con mis compañeros nos chocábamos los codos en los bancos. Más tarde en la facultad tenía que acomodar el cuaderno de una manera bastante poco natural para poder tomar notas, porque casi todos los bancos del aula eran bancos para diestros. 

Hace poco vi cómo un amigo zurdo escribía ¡de abajo para arriba! O sea, con el cuaderno colocado en sentido perpendicular a su cuerpo. 

Siempre quise hacer algo al respecto. ¿Qué? No sé. En 2020 con mi amigo José Llamosas grabamos un episodio del podcast dedicado a este tema. 

Tal vez ahora sea el momento de hacer algo al respecto. 


lunes, 2 de enero de 2023

Para ganar un Mundial

 se tienen que dar 50 cosas diferentes y todas a la misma vez. 

No alcanza con tener al mejor del Mundo (Messi jugó 5 Mundiales, ganó 1)

Ni siquiera alcanza con tener al mejor del Mundo en su mejor momento (2010?, 2014?) en ninguno de los dos Mundiales se podría decir que Messi hizo la diferencia. Por más de que le dieron el MVP en Brasil, ni él lo quería. 

No alcanza con tener el mejor plantel (Brasil este año tenía un equipazo)

Hay que tener suerte, 

A Argentina se le abrió el cuadro (Australia, Holanda, Croacia) 

¿Se imaginan lo que hubiera sido una semifinal con Brasil? ¿Cuán desgastados mentalmente se hubiera llegado a la final en el hipotético caso de que la hubiera ganado?

Y los penales? Muchos andan diciendo que no son una lotería. Tuvimos suerte de que ganamos habiendo sido mejores en el partido. ¿Cuántas veces gana en penales el equipo que peor jugó? Y que, además de que Dibu atajó los envíos al principio del partido, los jugadores no erraron. El de Messi y el de Dybala pasaron cerquísima

También te tienen que pitar a favor. Argentina terminó el Mundial con 5 penales a favor y, aunque le cobraron dos penales en la final, le podrían haber cobrado alguno en contra más en el partido de México y en el de Arabia. 

Con esto no estoy diciendo que Argentina no fue el mejor equipo del Mundial ni mucho menos que no merecía ganarlo. Pero en el Mundial además de merecer hay que tener buena estrella. Y Argentina, claramente, la tiene. 

lunes, 19 de diciembre de 2022

Somos campeones del mundo

Cuando Gonzalo Montiel pateó el cuarto penal de la tanda, la pelota entró sobre el palo derecho de Lloris, que se la jugó por el otro lado. El jugador salió corriendo para el lado contrario, se sacó la camiseta y la televisión no mostraba los festejos. Tampoco se entendían mucho en el televisor los insoportables relatos de Pablo Giralt. Eran puros gritos inentendibles.

Durante 4 o 5 segundos, todo fue incertidumbre. ¿Ganamos? ¿Ya está? Después del partido más sufrido que un hincha puede imaginar, se ve que nadie se animaba a festejar a cuenta. A eso, deberíamos sumarle otros 5 segundos de delay entre los que no siguen el partido a través del TDA. 

Lo cierto, entonces, fue que los gritos en el balcón de mi edificio y del resto del barrio llegaron con retraso. El desahogo. Pasaron 4, 5 o mil segundos. Nadie quería ser el primero. Necesitábamos una ratificación. 

Me hizo acordar al final de la lectura del alegato de Strassera en Argentina, 1985 y en la película homónima. Los aplausos que llegan con síncope. La explicación más razonable se me ocurre es que la emoción es tan inmensa que anula el desahogo. Por un momento. 

Yo fui uno de los primeros en salir al balcón (y todavía con miedo de quedar en offside, de ser el mufa del pulmón de manzana). "Vamos, carajo!" "Sí, la puta madre". Ahí sí, llegaron los gritos del resto de la familia, vecinos y forasteros. El ruido que se hizo un telón de fondo y duró hasta la madrugada porque nosotros vivimos a 8 cuadras del obelisco. 

Buenos Aires fue una fiesta y la vivimos desde uno de los palcos principales.

Con los chicos, con Pedro, Joaquina, Guada. Con Agus, con Tata y Naná. 

Después de que Messi le dio los besitos a la copa salimos por Santa Fe hasta la 9 de Julio y de ahí al obelisco, hasta lo más cerca y seguro que se pueda estar de ese monumento fálico. 

Cuando nos retiramos, una hora después, la marea de gente que llegaba era perturbadora y emocionante.

Durante la tanda de penales cerré los ojos y no vi nada, solo repeticiones. Había escuchado el pronóstico de Mister Chip el día anterior: el partido se va a terminar empatado, va a haber alargue, y luego la Argentina lo gana por penaltis. 

Solo pedía que no se dé el pronóstico del calvo. Y se dio. 

Desde que nos levantamos algo más temprano que de costumbre ese martes a las 7 de la mañana para ver a la Selección perder con Arabia Saudita pasaron 4 semanas y demasiadas sensaciones. 

El gol que más grité en este Mundial fue el que le hizo Messi a México. Ese gol de billar que desató el partido más difícil. Lo vimos con Pedro en la tele de arriba de la casa de La Horqueta y nos abrazamos. Y también cuando algunos minutos después, llegó esa maravilla de Enzo, el gol más lindo de Argentina en esta copa. 

Con Polonia fue correr para buscar a Pedro por el cole con un cielo plomizo y gente desperada por llegar a verlo. Joaqui lo vi en la casa de su maestra, Vale.

Contra Australia más tranquilo, asado y amigos. 

El partido contra Holanda (me resistiré a decirle Países Bajos luego de lo que pasó en esa batalla) lo vimos en el campo Don Roque, con corte de luz incluido durante la mitad del match.

Croacia fue de nuevo correr a contrareloj para retirar a los chicos del cole. Pedro en lo de Santos. ¡Somos finalistas! al obelisco. 

Y la final quedará para siempre guardada en la memoria de todos. Acuérdense de este momento, chicos. Porque estas cosas no pasan todos los días. A lo sumo, en el mejor de los casos, una vez cada cuatro años. Y en la mayoría de los casos, esto sucede una vez en la vida. 

¡Somos campeones del mundo!