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lunes, 28 de febrero de 2011

Que no me toque a mí

Entro en Las Victorias. Es un mediodía como cualquier otro. Saco número: 53.
"¿Por qué número van?", se pregunta mi cabeza. "¡Cuarenta y cincoooo!", responde una voz muy nasal que me lee la mente.
Hay mucha gente y sólo tres personas atendiendo.
Le saco la ficha a las tres (tres mujeres).
La primera es simpática, responde todas las preguntas con una sonrisa. Entrega los pedidos y vuelve a su labor, sonriendo.
La segunda es parca pero efectiva. No tiene muchas buen semblante y no responde cuando la gente, oficinistas hambrientos, hacen comentarios de más, sólo acata a la orden emitida. Si le dicen ¿me das una tarta de calabaza? Va en silencio y vuelve con la tarta, pregunta qué más y registra la operación en la caja como desganada.
La tercera es joven, arisca y combativa. Contesta de mala manera y atiende como de favor. El que tiene el número 48 le dice "Y además quería algo dulce, ¿qué podría ser?". A semejante ataque ella responde: "Lo que está ahí, ¡qué se yo!"... es un sorete con camisa de Las Victorias.
Mientras pasan los números ruego que no me atienda la última. Viene el 48, 49, 50 y los peores temores parecen hacerse realidad. El (la) sorete está en la caja entregando un pedido y va con su andar cansino hacia el pinche en donde ejecutan a los números para llamar al siguiente. Me resigno, ya está. Pero, de repente, ¡buenas noticias! La segunda, parca pero efectiva le intercepta el paso y llama al 51, con su voz nasal. Respiro aliviado y ordeno mi porción de tarta.
(extracto del triste diario de la insoportable rutina)

martes, 12 de octubre de 2010

Aftermath

Sentado ya en mi puesto de trabajo me resigno y acepto la inevitable realidad de tener que volver a la rutina. Otra vez de nuevo de casa al trabajo y del trabajo a casa. Hacía casi 3 años que no me tomaba dos semanas de vacaciones juntas (y prometo no volver a hacer esa pavada de tomarme férias de a una sola semana a la vez).
Aunque cueste, hay que aceptar que pasaron las dos semanas y un poco más. Fueron las mejores vacaciones. El título de la entrada puede hacer referencia a secuelas negativas de lo que dejó el período de ferias, pero todo lo contrario. Aprendimos, conocimos, descubrimos, lloramos, comimos, dormimos. Seguirememos haciendo eso hasta el fin, pero a partir de hoy a un ritmo de vida "normal", cotidiano.
Me tomé una licencia de vacaciones para postear exclusivamente sobre Pedro y sus primeros días. Ahora, ya de nuevo sumergido en la rutina, creo que volveré a abrir el abanico de temas para descargar furias, plantear dudas, alguna reflexión y tal vez más polémicas.
Nos vemos daqui a pouco. Tchau.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Trampolín antirutina


Pertenezco (por ahora) a esa raza de privilegiados que puede llegar caminando al trabajo. 12 cuadras separan a nuestro modesto pero orgulloso lar del mundanal espacio dedicado a las tareas profesionales.
Caminar hasta la oficina es, entonces, la mejor opción para llegar a tiempo a la mañana. La tracción a sangre me permite evitar casi todos los males que tiene esta ciudad: colectivos y subtes más parecidos a un camión de ganado que a un transporte de pasajeros, tráfico que emula a escenarios de cuentos de Cortázar, peregrinaciones por los kioscos mendigando monedas… y la lista sigue. Todos esos problemas yo no los tengo, por suerte.
Como contraprestación, debo someterme (casi) todos los días a una monótona rutina que para esta altura del año, sin vacaciones de por medio, se está volviendo insoportable.
Procedo a describirla: despertarse con Arriba Argentinos, saltar de la cama, pasar por el baño, cambiarse, apurar un café (a veces, casi nunca), abrigarse con todo lo que esté al alcance en invierno o despojarse de todo lo que se pueda en verano, salir del departamento, caminar el largo pasillo, salir a la calle. Me doy cuenta de que hasta ahí es la misma rutina que la de cualquier otra persona, pero cuando empiezo a caminar, el recorrido siempre es el mismo. Doblar a la derecha, atravesar Azcuénaga en diagonal y encarar Martelo T (de Alvear, ex Charcas) hacia la izquierda, por la vereda izquierda. Son 10 cuadras exactas hasta Talcahuano pero por el tráfico hay que frenar en cada esquina y esperar un minuto y medio para que el semáforo vuelva a dar luz verde (o mejor dicho blanca, porque la del peatón es blanca). Una vez que llego a Talcahuano cruzo la calle, doblo a la derecha, paso por en frente de tres de los hitos de la gastronomía porteña (el bodegón Norte, la pizzería El Cuartito y la panadería Las Victorias, otro día comentaré más de ellos), cruzo Paraguay y llego al destino, sobre Talcahuano, antes de cruzar Córdoba. Distancia total: 12 cuadras. Tiempo total del trayecto: 22 minutos. Los tengo cronometrados.
La rutina se repite ida y vuelta. Cinco días a la semana, salvo excepciones. Conozco todos los locales, todos los comercios, todos los restaurantes, kioscos, supermercados chinos, peluquerías y bazares del recorrido. Todas las baldosas de la calle. Ni siquiera la radio o la música que cargada en el reproductor de MP3 me permiten olvidar del suplicio de la rutina.
Pero en las últimas semanas descubrí por la mitad del recorrido un ejercicio que me carga de adrenalina y me da un poco más energías para seguir adelante. Sobre la vereda izquierda de Marcelo T unos 20 metros después de cruzar Callao hay una tapa de hierro de acceso a las cloacas que tiene una esquina un poco floja. Si se apoya el pie en el lugar exacto la tapa se flexiona con el peso de la persona y con el mismo impulso del paso vuelve a quedar acomodada, generando una sensación de rebote similar a la de un trampolín.
La tapa está lo suficientemente suelta como para flexionarse en la esquina y lo suficientemente firme como para evitar que ninguno de los cientos de peatones que pasan diariamente por allí terminen en el segundo subsuelo. Es un riesgo que tomo cuando la piso. Me gusta la sensación de poner el zapato con la esperanza de sentir el rebote pero sin la certeza de saber si voy a seguir caminando por la vereda o si voy a acabar enterrado en las napas de la ciudad.
Por ahora vengo rebotando. Así sigo mi camino por la vereda un poco más feliz todas las mañanas.