viernes, 13 de octubre de 2017
Otro cumple más
Publicado por
unmigone
a las
22:39
Entre animadoras que la disfrazaban a la fuerza, amiguitos y tortas, Joaquina festejó otro cumpleaños feliz. Ella es feliz y lo demuestra todos los días. Qué lindo es verte crecer. Qué lindo es poder decírtelo todos los días. Qué feliz nos hacés a todos.
martes, 26 de septiembre de 2017
Los 7 años de Pedro constructor
Publicado por
unmigone
a las
13:00
Un día, sin que nos diéramos cuenta, ese bebé cumplió 7. Lo hizo a su manera. Un festejo con nervios, dolores de panza y algunos llantos. Y muchos regalos.
Un día cuya fecha no recuerdo con precisión pero fue en los últimos 12 meses Pedro empezó a construir. A pegar cosas. A unir maderas, palitos de helado, rollos de papel higiénico con escarbadientes, con cajas de remedios o envases vacíos de ketchup. A construir naves, barcos, aviones, autos, jets, aviones otra vez.
Aparecieron los motores, y las baterías y los circuitos. Y las cajas de herramientas llenas de cosas (nunca basura).
Querido Pedro, para estos próximos 12 meses te deseo:
Que sigas explorando la curiosidad.
Que sigas creando.
Que sigas construyendo.
Que sigas siendo feliz, siempre
Un día cuya fecha no recuerdo con precisión pero fue en los últimos 12 meses Pedro empezó a construir. A pegar cosas. A unir maderas, palitos de helado, rollos de papel higiénico con escarbadientes, con cajas de remedios o envases vacíos de ketchup. A construir naves, barcos, aviones, autos, jets, aviones otra vez.
Aparecieron los motores, y las baterías y los circuitos. Y las cajas de herramientas llenas de cosas (nunca basura).
Querido Pedro, para estos próximos 12 meses te deseo:
Que sigas explorando la curiosidad.
Que sigas creando.
Que sigas construyendo.
Que sigas siendo feliz, siempre
jueves, 7 de septiembre de 2017
#mundomejor cargar nafta y pagar desde el teléfono
Publicado por
unmigone
a las
17:08
Escanear un código QR que está en el surtidor, aceptar y listo. Se paga con descuento.
Bienvenido Axion al Siglo 21.
Bienvenido Axion al Siglo 21.
martes, 5 de septiembre de 2017
#mundomejor Haciendo trámites en el país del terror parte 2
Publicado por
unmigone
a las
15:19
Hace cuatro años había empezado a hacer un posteo que sería una serie de posts acerca del calvario de hacer trámites en el país. Al final el destino y la pereza determinaron que ese sería el único, y no el principio de una sucesión. Pasaron unos cincuenta meses y algunas cosas cambiaron... sorprendentemente para bien.
El trámite en cuestión estuvo relacionado con el rubro automotor. No fue una transferencia de dominio como la otra vez, sino la renovación de la licencia de conducir.
Todo comenzó algún tiempo atrás, allá por mayo, cuando me di cuenta (tarde) de que se vencía mi licencia. Faltaba un mes y medio, a decir verdad, pero eso para la ley argentina es tarde. Porque los turnos para renovación se asignan recién para al menos dentro de dos meses.
Primero hubo que pagar multas, un trámite relativamente amable salvo por el hecho de pagar que nunca lo es y siempre duele. A mí me tocó hacerlo, eso sí, en un lugar en Belgrano, sobre la avenida Cabildo, lejos de casa, pero acomodando los horarios para juntar todos los trámites que tenía que hacer por la zona.
Quedé un mes andando con el registro vencido. La ley de Murphy diría que si nunca tuviste problemas mientras tu licencia era válida, los tendrás en la pequeña ventana de tiempo en la cual circules flojo de papeles. En mi caso se cumplió a rajatabla. Dos días después de que se venciera el registro nos paró la policía, control de alcoholemia mediante. Zafe del test (0.0 alcohol en sangre) pero no del escarnio del oficial. "Le vamos a tener que retener el carnet, no va a poder circular usted y va a tener que ir a buscarlo y pagar la multa en la sede de Hipólito Yrigoyen del Gobierno de la Ciudad", me exclicaron. Al final, ruego mediante, zafamos.
Llegó el día de renovar el registro. Una mañana de julio. Había juntado todo el material necesario incluyendo documentación, fotocopias, comprobantes de pagos y el certificado de asistencia a un curso de educación víal dictado por Fabián Gianola, que por suerte se puede hacer online.
En la sede Recoleta Mall del GCCBA atiende gente muy bien distinguida que revisa la información. No parece una oficina pública, acaso si eso fuera algo bueno para destacar. Tampoco hay muchos puntos de contacto, vale decir, entre los empleados del lugar y el personaje de Gasalla. Las personas, a contramano de lo que uno esperaría, son relativamente amables.
Cuando avanzo para comenzar los trámites de rigor me informan que mi DNI no sirve ("porque usted renovó su licencia en San Isidro despúes de haber dado cambio de domicilio a Capital"). Tuve que renovar el DNI para poder volver al Mall a empezar a gestionar la nueva licencia. En cualquier otro momento, hacer eso hubiera sido un suplicio. Ahora no lo es. El DNI express se otorga en menos de 24 horas. El turno se saca online (yo lo saqué en el momento desde el celular) y entre que se ingresa y se sale del lugar pasan no más de 10 minutos (literales). Y todo eso sin moverme en un radio de más de 10 cuadras.
Nada mal para un país en donde hacer trámites es lo mismo que empezar a contar un cuento de terror.
El trámite en cuestión estuvo relacionado con el rubro automotor. No fue una transferencia de dominio como la otra vez, sino la renovación de la licencia de conducir.
Todo comenzó algún tiempo atrás, allá por mayo, cuando me di cuenta (tarde) de que se vencía mi licencia. Faltaba un mes y medio, a decir verdad, pero eso para la ley argentina es tarde. Porque los turnos para renovación se asignan recién para al menos dentro de dos meses.
Primero hubo que pagar multas, un trámite relativamente amable salvo por el hecho de pagar que nunca lo es y siempre duele. A mí me tocó hacerlo, eso sí, en un lugar en Belgrano, sobre la avenida Cabildo, lejos de casa, pero acomodando los horarios para juntar todos los trámites que tenía que hacer por la zona.
Quedé un mes andando con el registro vencido. La ley de Murphy diría que si nunca tuviste problemas mientras tu licencia era válida, los tendrás en la pequeña ventana de tiempo en la cual circules flojo de papeles. En mi caso se cumplió a rajatabla. Dos días después de que se venciera el registro nos paró la policía, control de alcoholemia mediante. Zafe del test (0.0 alcohol en sangre) pero no del escarnio del oficial. "Le vamos a tener que retener el carnet, no va a poder circular usted y va a tener que ir a buscarlo y pagar la multa en la sede de Hipólito Yrigoyen del Gobierno de la Ciudad", me exclicaron. Al final, ruego mediante, zafamos.
Llegó el día de renovar el registro. Una mañana de julio. Había juntado todo el material necesario incluyendo documentación, fotocopias, comprobantes de pagos y el certificado de asistencia a un curso de educación víal dictado por Fabián Gianola, que por suerte se puede hacer online.
En la sede Recoleta Mall del GCCBA atiende gente muy bien distinguida que revisa la información. No parece una oficina pública, acaso si eso fuera algo bueno para destacar. Tampoco hay muchos puntos de contacto, vale decir, entre los empleados del lugar y el personaje de Gasalla. Las personas, a contramano de lo que uno esperaría, son relativamente amables.
Cuando avanzo para comenzar los trámites de rigor me informan que mi DNI no sirve ("porque usted renovó su licencia en San Isidro despúes de haber dado cambio de domicilio a Capital"). Tuve que renovar el DNI para poder volver al Mall a empezar a gestionar la nueva licencia. En cualquier otro momento, hacer eso hubiera sido un suplicio. Ahora no lo es. El DNI express se otorga en menos de 24 horas. El turno se saca online (yo lo saqué en el momento desde el celular) y entre que se ingresa y se sale del lugar pasan no más de 10 minutos (literales). Y todo eso sin moverme en un radio de más de 10 cuadras.
Nada mal para un país en donde hacer trámites es lo mismo que empezar a contar un cuento de terror.
jueves, 31 de agosto de 2017
Post#700 Nueva fecha de defunción de este blog
Publicado por
unmigone
a las
23:11
Me tomó unos 225 días (7 meses y 13 días) llegar al post número 100.
Me tomó unos 315 días (10 meses 12 días) desde la entrada N°100 para llegar al post número 200
Me tomó unos 337 días (11 meses 1 día) desde la entrada N°200 para llegar al post número 300
Me tomó unos 288 días (9 meses 15 días) desde la entrada N°300 para llegar al post 400.
Me tomó unos 423 días (1 año, 1 mes y 27 días) desde la entrada N°400 para llegar al post 500.
Me tomó unos 315 días (10 meses 12 días) desde la entrada N°100 para llegar al post número 200
Me tomó unos 337 días (11 meses 1 día) desde la entrada N°200 para llegar al post número 300
Me tomó unos 288 días (9 meses 15 días) desde la entrada N°300 para llegar al post 400.
Me tomó unos 423 días (1 año, 1 mes y 27 días) desde la entrada N°400 para llegar al post 500.
Me tomó 343 días llegar desde la entrada N°500 al post 600.
Y finalmente me tomó 470 días recorrer el camino del post Nº600 al post Nº700, o sea, éste.
No tengo mucho para decir, ni para festejar. Sigo creyendo en el #mundomejor, pero apenas 9 de los últimos 100 posteos fueron inscriptos bajo ese label. Y cuando llegué al posteo 600 había hecho toda una cuestión al respecto.
Había dicho que este blog se apagaba cuando llegue a los 1000 posteos. Ahora, pienso, no creo que llegue a eso. Por eso anuncio que el final de este espacio va a ser, en el caso de que no se alcance una cifra para esa época -al ritmo que venimos, lo más probable-, unmigone llegará a su fin el 6 de febrero de 2020. O sea, 10 años después de haber empezado a teclear.
Chau.
lunes, 14 de agosto de 2017
La mejor película que vi este año
Publicado por
unmigone
a las
15:38
Si tuviera que recomendar una película más o menos reciente recomendaría Sing Street.
Todo pasa en Dublín cuando la recesión económica hace que el protagonista cambie la comodidad de la escuela privada en la que estudiaba por un centro público del centro de la ciudad, donde el clima es más tenso.
Conor llega hasta el nuevo colegio sin amigos y recibe rápidamente la golpiza de los malos de la clase. Para olvidarse de ese mal pasar (más todo lo malo que está pasando en su casa) arma una banda. En realidad, arma una banda porque conoce a Raphina, a quien le promete que la invitará a ser la estrella en los videoclips de su banda que quiere formar. El problema es que para ese momento no tenía banda, con lo cual debe salir a armar un grupo musical con los perdedores que encuentra por ahí.
Suenan The Cure, A-ha , Duran Duran, The Smiths y varios clásicos de la escena ochentosa. Conor le va dando impronta y estilo a los cambiantes estilos musicales por los cuales atraviesa la banda.
Fresca, profunda y divertida, vale la pena darle una oportunidad a "Sing Street". Está en Netflix.
lunes, 7 de agosto de 2017
8 meses corriendo. Por qué no soy ni seré runner
Publicado por
unmigone
a las
21:58
El último bebedero que andaba en la Plaza Vicente Lopez no funciona más. La noticia no podía ser más mala para mí. En esa mañana de junio, a pesar de que el almanaque indicaba otra cosa, el clima era de verano. O de primavera, al menos. Acababa de terminar un fondo de 9 kilómetros y el calor no previsto le estaba pasando una muy mala factura a mi cuerpo. Me acerco a comentarle el tema al guardia (si es que le cabe el oficio al muchacho de la plaza) y me confirma que sí, en efecto, el último bebedero de la plaza había dejado de funcionar "hacía dos o tres días".
-Pero ya lo tienen que estar por venir a arreglar de Ciudad.- agregó optimista.
Y me compartió agua, que sacó de adentro de una especie de garita de ladrillos bastante fea. Yo acepté el convite, incliné la botella y empiné un sorbo, no más, de Villavicencio. No podía tomarle más de eso al pobre hombre, pero lo deseaba. Y a pesar de estar a poco más de una cuadra de casa, no tenía energía para llegar hasta el departamento.
Cuando por fin pude hacerlo, en mi hogar bebí sin vergüenza. Primero del pico de la canilla y después, ya más recompuesto, dos botellas de medio litro de vidrio que estaban guardadas en la heladera.
Recién cuando pude ordenar las ideas razoné. Mis piernas decían una cosa y mi cabeza otra. Estaba en cierta forma entrenando para una carrera. Pero parecía más el fin de mi carrera como corredor.
Había empezado a correr en noviembre del año pasado. Primero un par de vueltas a la plaza, después más vueltas y finalmente armando un recorrido más o menos razonable que iba desde Recoleta hasta el Planetario y volvía. 8 a 10 kilómetros, dependiendo el trazado elegido para la ocasión. Como la mayoría de los adultos de clase media que empiezan a correr mis razones para calzarme zapatillas y salir a la calle a trotar eran bastante evidentes: un poco de ganas de hacer algo, otro poco de necesidad de despejarse, otro poco de automotivación inoculada.
Salí sin plan de entrenamiento ni demasiada técnica, apenas algunos consejos de mi hermano. Corría a las mañanas 2, 3 hasta 4 veces por semana en el mejor momento. Después de algunas salidas pusimos un objetivo. La carrera LATAM 10K, que se desarrollaría en diciembre.
Acabé leyendo media decena de libros y textos sobre running, viendo alguna cantidad de videos y entrevistas a runners. Más por curiosidad que por entusiasmo propiamente dicho. "De qué hablo cuando hablo de correr", de Haruki Murakami es un gran ensayo. Otras obras que prefiero olvidar bajan línea sobre la religión y lo bien que hace correr.
La carrera de LATAM se suspendió la primera fecha por lluvia. Y la reprogramación me obligó a correr solo ese domingo 18 de diciembre. Salí muy rápido y sufrí el calor. A la llegada, me senté en el pasto y me sentí mal. Estaba solo y al borde del desmayo. No podía marcar el teléfono para pedir ayuda. Conseguí llegar a una carpa de emergencias y el enfermero me hizo sentar, tomar la presión cada media hora y rehidratarme hasta que pude volver a vivir. Encima el tiempo de mis primeros 10K fue algo más de 60 minutos, muy por debajo de lo que hubiera canchereado que correría.
Seguí corriendo durante el verano, con menos entusiasmo e intensidad, claro, pero a paso más o menos sostenido. Cambiar de ambiente y correr entre árboles y sombras primero y por la playa con el mar de fondo después mantuvo la llama runner en piloto al menos.
Correr me servía para pensar, reflexionar o simplemente contar líneas de la calle. Un aspecto bastante destacable que Murakami señala como algo bueno y yo coincido. Es más que un ejercicio. Pero no es un mantra o un culto a la vida sana, opino. No tiene mucho de disfrutable desde el punto de vista ejercicio. Entiendo sin embargo a los que se obsesionan y se convierten en evangelizadores del running porque correr tiene muchos componentes adictivos. Y mucha filosofía barata de calle alrededor (esto para mí no es algo peyorativo, sino al contrario, me parece bueno). Y tiene la parte social, las posibilidad de autosuperarse y qué hablar de conocer lugares y viajar gracias al running.
Más allá de eso, que no es poco, no encuentro mucho atractivo en el acto propio de correr.
Pero seguí corriendo y esta vez con foco a la Maratón Monumental, los 10K de River, con el atractivo de poder dar una vuelta por la pista de atletismo del estadio antes de completar el recorrido.
Esta vez el entrenamiento fue mucho menos comprometido, incluso con una enfermedad en el medio del tramo final de la preparación. La experiencia, a pesar de eso, fue mucho mejor que la anterior. Disfruté casi toda la carrera, corrí en familia y mejoré el tiempo anterior hasta cruzar la línea con un mucho-más-aceptable-tiempo de 58 minutos.
Correr con lluvia, correr con frío, correr con hijos, correr enfermo. Nunca hay excusas para no correr. Eso dice un runner de pura cepa. Y a mí eso, cómo decirlo, me parece una pelotudez.
-Pero ya lo tienen que estar por venir a arreglar de Ciudad.- agregó optimista.
Y me compartió agua, que sacó de adentro de una especie de garita de ladrillos bastante fea. Yo acepté el convite, incliné la botella y empiné un sorbo, no más, de Villavicencio. No podía tomarle más de eso al pobre hombre, pero lo deseaba. Y a pesar de estar a poco más de una cuadra de casa, no tenía energía para llegar hasta el departamento.
Cuando por fin pude hacerlo, en mi hogar bebí sin vergüenza. Primero del pico de la canilla y después, ya más recompuesto, dos botellas de medio litro de vidrio que estaban guardadas en la heladera.
Recién cuando pude ordenar las ideas razoné. Mis piernas decían una cosa y mi cabeza otra. Estaba en cierta forma entrenando para una carrera. Pero parecía más el fin de mi carrera como corredor.
Había empezado a correr en noviembre del año pasado. Primero un par de vueltas a la plaza, después más vueltas y finalmente armando un recorrido más o menos razonable que iba desde Recoleta hasta el Planetario y volvía. 8 a 10 kilómetros, dependiendo el trazado elegido para la ocasión. Como la mayoría de los adultos de clase media que empiezan a correr mis razones para calzarme zapatillas y salir a la calle a trotar eran bastante evidentes: un poco de ganas de hacer algo, otro poco de necesidad de despejarse, otro poco de automotivación inoculada.
Salí sin plan de entrenamiento ni demasiada técnica, apenas algunos consejos de mi hermano. Corría a las mañanas 2, 3 hasta 4 veces por semana en el mejor momento. Después de algunas salidas pusimos un objetivo. La carrera LATAM 10K, que se desarrollaría en diciembre.
Acabé leyendo media decena de libros y textos sobre running, viendo alguna cantidad de videos y entrevistas a runners. Más por curiosidad que por entusiasmo propiamente dicho. "De qué hablo cuando hablo de correr", de Haruki Murakami es un gran ensayo. Otras obras que prefiero olvidar bajan línea sobre la religión y lo bien que hace correr.
La carrera de LATAM se suspendió la primera fecha por lluvia. Y la reprogramación me obligó a correr solo ese domingo 18 de diciembre. Salí muy rápido y sufrí el calor. A la llegada, me senté en el pasto y me sentí mal. Estaba solo y al borde del desmayo. No podía marcar el teléfono para pedir ayuda. Conseguí llegar a una carpa de emergencias y el enfermero me hizo sentar, tomar la presión cada media hora y rehidratarme hasta que pude volver a vivir. Encima el tiempo de mis primeros 10K fue algo más de 60 minutos, muy por debajo de lo que hubiera canchereado que correría.
Seguí corriendo durante el verano, con menos entusiasmo e intensidad, claro, pero a paso más o menos sostenido. Cambiar de ambiente y correr entre árboles y sombras primero y por la playa con el mar de fondo después mantuvo la llama runner en piloto al menos.
Correr me servía para pensar, reflexionar o simplemente contar líneas de la calle. Un aspecto bastante destacable que Murakami señala como algo bueno y yo coincido. Es más que un ejercicio. Pero no es un mantra o un culto a la vida sana, opino. No tiene mucho de disfrutable desde el punto de vista ejercicio. Entiendo sin embargo a los que se obsesionan y se convierten en evangelizadores del running porque correr tiene muchos componentes adictivos. Y mucha filosofía barata de calle alrededor (esto para mí no es algo peyorativo, sino al contrario, me parece bueno). Y tiene la parte social, las posibilidad de autosuperarse y qué hablar de conocer lugares y viajar gracias al running.
Más allá de eso, que no es poco, no encuentro mucho atractivo en el acto propio de correr.
Pero seguí corriendo y esta vez con foco a la Maratón Monumental, los 10K de River, con el atractivo de poder dar una vuelta por la pista de atletismo del estadio antes de completar el recorrido.
Esta vez el entrenamiento fue mucho menos comprometido, incluso con una enfermedad en el medio del tramo final de la preparación. La experiencia, a pesar de eso, fue mucho mejor que la anterior. Disfruté casi toda la carrera, corrí en familia y mejoré el tiempo anterior hasta cruzar la línea con un mucho-más-aceptable-tiempo de 58 minutos.
Correr con lluvia, correr con frío, correr con hijos, correr enfermo. Nunca hay excusas para no correr. Eso dice un runner de pura cepa. Y a mí eso, cómo decirlo, me parece una pelotudez.
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