lunes, 30 de agosto de 2010

Terminemos con la mentira del alfajor de arroz


Son caros, aburridos y encima se apropian de la palabra "alfajor" para pretender hacernos creer que son ricos. Desde este espacio, hoy le declaramos la guerra a los alfajores de arroz.
Si quien lee esto no conoce estos productos, cosa poco probable, hará falta aclarar entonces que los alfajores de arroz son la vedette de los kioscos y están protagonizado un boom de ventas gracias a su supuesta condición de light y sanos. Como sentencia este muy buen blog sobre consumo, "los alfajores de arroz ya se convirtieron en la categoría nueva más exitosa dentro del planeta quiosco desde que Ricardo Fort introdujera las barritas de cereal". En rigor, no son ni más ni menos que dos capas de ese telgopor que todas las dietas recomiendan, separando un centro de pseudo-dulce de leche y coronadas por un tímido bañado de chocolate amargo (el que tiene menos azúcar y, por ende, el menos rico). Con todo esto, acusan aportar menos de 80 calorías. Chocoarroz fue la marca pionera aunque los (las) expertos(as) confiesan su debilidad por los Cachafaz.
Desde mediados del año pasado, veo diariamente a mis compañeras de trabajo peregrinar religiosamente a los kioscos en busca de su alfajor de arroz. Invierten de su bolsillo por lo menos 60 pesos mensuales en ese ritual, a razón de 3 pesos la unidad y multiplicando por los 20 días hábiles del mes. Ante la sospechosa actitud adictiva, un día de este verano decidí probar y experimentarlo con mis propias papilas gustativas. Estaba dispuesto a dejar mis prejuicios de lado en pos de descubrir algún tipo de placer que justifique tamaña inversión. Nada de eso sucedió. Al contrario, profundicé más mi odio hacia estos telopores recubiertos en chocolate. Debo admitir que sólo probé el Chocoarroz de Deli Light y no le di mi oportunidad al Cachafaz (en ese entonces todavía no se vendía en kioscos), pero la degustación me llevó a comprobar que una mujer a dieta está dispuesta a cualquier cosa, incluso a tentarse con un alfajor de arroz.
Intenté frenar -sin éxito- ese comportamiento demencial. No hay caso, los alfajores de arroz llegaron para quedarse. Así como no me molesta que un amigo fume, tampoco puedo condenar a los consumidores deliberados de esta bazofia. Pero lo que sí me presenta un problema es que quieran hacernos creer que eso es un alfajor. ¡Dejémonos de joder! ¡Alfajor es otra cosa!

jueves, 26 de agosto de 2010

¿Funcionan los teléfonos públicos?


Mensaje para los mocosos irreverentes que nacieron con un celular bajo el brazo: hasta hace algunos años, los teléfonos públicos servían para hacer llamadas desde la calle y, con suerte, encontrar a alguien en su casa u oficina. Solían ser unas burbujas naranjas y, en vez de marcar, se discaba (literalmente). En Londres siguen exisiendo las cabinas telefónicas, rojas y pintorezcas. En Buenos Aires, cuando se privatizó Entel, las operadoras reemplazaron las burbujas naranjas por modernas y primermundistas cabinas.
Hoy, los teléfonos públicos adornan las veredas de las principales calles de la ciudad. Los celulares (más chiquitos, portátiles, en fin, prácticos) han dejado a esta extensión callejera de una línea fija casi sin razón de ser. Digo casi porque un uso muy frecuente que se le da a los teléfonos públicos es el de depósito de folletos promocionales, principalmente de profesores de guitarra y mujeres muy amables como "Brisa y sus amigas" que te invitan a su casa (no sé bien a qué, pero estoy seguro que no es a tomar el té).
Una vez por año, los diarios publican artículos sobre el ocaso de los teléfonos públicos. Algunos ejemplos más o menos recientes son éste, éste y éste.
La primera nota reproduce anécdotas medio ridículas sobre cómo era la vida cuando los teléfonos públicos eran importantes y escaseaban (aclaro que yo no recuerdo haber vivido en esos tiempos). Algunos de los pasajes más divertidos:

A fines de los 70, dos de cada tres familias no tenían teléfono en la casa. Y gran parte de la población, en la "dulce espera" de la línea hogar de Entel, estaba obligada a hacer todas sus comunicaciones desde una burbuja naranja.
Ninguna conversación era realmente privada: había que hablar desde un teléfono público y delante del público de la fila que se formaba.
"En 1987, cuando lo echaron a mi marido del trabajo, corrí al teléfono de Fitz Roy y Santa Fe para hablar con el abogado. Había una fila larguísima. Cuando me tocó el turno, no me podía comunicar. Y la señora que estaba atrás empezó a quejarse. Le respondí: «Por favor, que lo echaron a mi marido y tengo que ubicar urgente al abogado». La tercera de la fila me contestó: «¿Ah, sí? A tu marido lo echaron y el mío se fue con otra. Apurate que tengo que llamar al abogado para que lo siga»", recuerda Graciela, de Palermo.
(...)
Lo peor era que había que salir a recorrer hasta encontrar un quiosco que vendiera cospeles y volver a hacer la larga fila en la que las reglas de convivencia debían respetarse a rajatabla. Una llamada por persona. Y cuando se colgaba el tubo, aunque hubiera dado ocupado o no se pudiera establecer la comunicación, había que ceder el turno y retroceder hasta el final de la fila. Si la llamada era muy larga, había que hacer oídos sordos al mal humor del próximo en la fila, que resoplaba en la nuca de uno y hacía tintinear con nerviosismo los cospeles.

Menos mal que esos años que describe el artículo ya pasaron y hoy podemos resolver casi todas las emergencias de comunicación desde un minúsculo aparato.
Se me ocurre que, así como yo recuerdo haber visto de chico en funcionamiento los últimos buzones de correo (hoy piezas de colección y decoración), los chicos de 8-10 años podrán recordar que cuando eran muy niños todavía había gente que hablaba por teléfono público.
Para terminar, el tema que tiene que ver con el título de esta entrada. Salimos a la calle a probar los teléfonos públicos que entorpecen el paso en la avenida Santa Fe. Probamos hacer llamadas con monedas de curso legal vigente en tres teléfonos diferentes. Los resultados del experimento, a un click de distancia:

miércoles, 25 de agosto de 2010

¿Cuánta gente vive en mi manzana?

A veces -como ahora- me desvelo por las noches.
Para salir del paso, gambetearle al insomnio, intento confundir a mi mente con temas triviales.

¿Contar ovejas? Nunca me funcionó.
Casi siempre cuando no puedo dormir se me ocurren mil temas para comentar en el blog. Hace un rato, esta pregunta me estaba dando vueltas en la cabeza:
¿Cuánta gente vive en mi manzana?

Decidí sentarme a pensarla por acá. Estos son los resultados...

Estamos en una zona de Capital que debe ser de las más densamente pobladas de la ciudad. Google maps ayuda a responder:

View Larger Map
Algunos cálculos rápidos:
Cantidad de edificios en la manzana: 40 más o menos (10 por cada lateral).
Descontando la mitad (estacionamientos, centros médicos, Cafés Martinez), 20 de estos edificios son de viviendas.
En nuestro edificio, por ejemplo, hay 30 departamentos, de 1, 2 y 3 ambientes.
Promedio de habitantes por departamento en nuestro edificio: 1,5 (tomando en cuenta los que están desocupados, los que habitan familias y los que están ocupados por dos personas).
O sea, que en nuestro edificio más o menos habitan 45 personas (30 departamentos x 1,5 habiantes).
20 edificios como el nuestro serían ¡900 personas! durmiendo en este momemnto en la misma manzana (45x20=900).
Bajando un poco el número, redondeo en 800 y sjgue siendo un montón.

800 personas contando ovejas a la misma vez... son muchas ovejas, me parece.

Anexo
> Encontré los datos del Censo 2001. Densidad de población (habitante por Km2) en Capital Federal: 13.647,3. Si 10 manzanas x 10 manzanas es un km2, entonces la densidad promedio por manzana sería 1364 personas por manzana. Quiere decir que me quedé cortísimo con el cálculo. Peor todavía...

lunes, 23 de agosto de 2010

Fernet salvador


Hoy descubrí esta noticia que es en realidad de la semana pasada. Estuvo circulando hace unos días en blogs y algunos portales que la levantaron de cronica.com.ar. Me imagino que no trascendió por el resto de los supuestamente medios serios debido a su incomprobable veracidad. Si fuera verdad, sería un golazo (¡qué buena prensa para el fernet!). Junto con la de los mineros chilenos y el tema Fibertel se ha convertido en mi noticia preferida del mes.
Como no es muy larga, reproduzco todo el texto de lo que salió para los perezosos que no se llevan bien con los hipervínculos:

EL FERNET LE SALVO LA VIDA

Un joven de 25 anos se salvó de milagro luego de recibir un disparo al salir de un negocio ubicado en Guaymallen, Mendoza.

La víctima había comprado el pasado sábado por la noche en un negocio una botella de fernet.

La llevaba en el interior de su campera cuando un encapuchado comenzó a dispararle sin motivo aparente.

Una de las balas fue directo al corazón, pero se desvío al hacer contacto con la botella, por lo que lo hirió levemente en el pulmón.

El joven fue atendido de inmediato en el Hospital Central. Allí fue intervenido quirúrgicamente con mucho éxito

Suena a cliché de películas westerns, ¿no? Mi preferida de todas las escenas que se valieron de este recurso es la de Volver al Futuro III, cuando Marty se pone abajo del poncho una tapa de caldera que le hace de escudo frente al balazo cobarde de Mad Dog Tannen, imitando lo hecho por Clint Eastwood en A Fistful of Dollars.

Investigando un poco más el tema descubrí que ya hubo casos similares (parecidos pero diferentes):

Una BlackBerry salva la vida a una mujer tras detener un disparo

Trillado o no, el tema deja una moraleja: salir con la botella de fernet en la campera te puede salvar la vida.

Tuve una época en la que intenté saciar mi sed con esta bebida realizada a base de hierbas. Por suerte, este año descubrimos al amigo Ron.

jueves, 19 de agosto de 2010

Copiar formato

Este pincel es la mejor herramienta de todo el paquete MS Office. Mi mejor amigo virtual diría. Acorta tiempos, hace el trabajo más fácil. Recuerdo ese tarde de invierno en 2004 cuando me lo presentaron por primera vez; mi vida laboral no volvió a ser la misma desde entonces. ¡Gracias Format Painter icon!

lunes, 16 de agosto de 2010

Reinvidicación Bay Biscuit

Descubrimiento trascendental de este fin de semana largo: las Bay Biscuits son muy buenas para sumergir en el café con leche.
Siempre miré con recelo a estas a-priori-poco-atractivas-pseudogalletitas, pero durante estos apacibles tres días de descanso me encontré frente a un paquete abierto y decidí darles una nueva oportunidad. Los resultados fueron más que satisfactorios. El carácter rocoso las hace más resistentes a las quebraduras tan frecuentes en las galletitas sumergibles y a su vez le permite absorber más líquido que ningún otro derivado dulce de la harina afín a estos rituales, léase Manón, Chocolinas, vainillas (odio las vainillas) o medialunas de cualquier porte. Es una cuestión estructural. Su forma rectangular, simil barra de cereal prehistórica, también es muy cómoda y se lleva muy bien con las tazas de café estándar. Es una tema anatómico, diría.
Aunque la prueba fue realizada sólo con café con leche, me arriesgaría a aventurar que también sirve con Nesquik, té, leche sola y otras infusiones calientes.
Las Bay Biscuits llegaron desde Inglaterra hace 40 años y se hicieron muy populares entre madres y abuelas con poca gracia para elegir galletitas, las mismas que sostienen las ventas de las bocas de dama. Las odié toda mi infancia. Hoy las reinvidico.
Acá encontré una receta para preparlas:

jueves, 12 de agosto de 2010

Reliquia geek

La semana pasada conocimos la historia de la familia de Estados Unidos que salvó su casa porque encontró un ejemplar del primer número del comic Superman cuando estaba preparando la mudanza, ahorcada por las deudas de la hipoteca que no podían pagar y a punto de ser desalojada. La historieta está valuada en 250.000 dólares, se va rematar el 27 de agosto y le permitirá a los endeudados aliviar los costos de su segunda mortgage.
Por las dudas, el fin de semana pasado rescaté de casa esta reliquia retro-nerd que ya estaba en la bolsa de consorcio, a punto de ser víctima de una limpieza de altillo:


Se trata del manual original en inglés de nuestra preciada Commodore 64, copyright 1984; mi primer computadora. La imagen corresponde al scan del incunable que, a pesar de los cuestionamientos, ya adorna nuestra mesa ratona orgulloso cual coffee table book.

A la espera de que algún día tome valor de pieza de colección, la imagen me trajo el fin de semana muchos recuerdos que me transportaron 20 años atrás.

Para los ya que nacieron con una PC bajo el brazo, les cuento que la Commodore fue una de las primeras computadoras domésticas. Según jura Wikipedia, la primera Commodore salió a la venta en 1982; por aquel entonces se conseguía por la módica suma de 595 dólares, más o menos lo mismo que cuesta una PC clon completa hoy. Trabajaba con el lenguaje de programación BASIC y para ejecutar el software había que teclear una serie de códigos dignos de la escotilla de Lost. Escaneé también las páginas 28 y 29 del manual, en donde se explica cómo cargar programas almacenados en cassettes (sí cassettes de audio, tipo TDK) o diskettes floppy de 5 1/4" (?!):


Casi como si fuera ayer me acuerdo de mi vida junto a la C64. Del LOAD ,8,1. De los juegos: California Games, Winter Games, Circus Charlie, Green Beret, Bruce Lee, Wonderboy. La complejidad del arcade era proporcional al tiempo que la máquina tardaba en cargar el software y arrancar. Por ejemplo, para poder empezar a jugar al California Games a las 6 de la tarde tenía que poner el diskette a las 5.30, bajar a tomar un Nesquik y volver media hora más tarde para chequear si tuve suerte o si debía repetir el proceso y esperar media hora más. Si los planetas se alineaban, esta era la imagen que se proyectaba en el televisor:



Tuve mi primera y única Commodore en 1989. Era una 64, adquirida de segunda mano. Tenía 9 años, fui feliz. Y no sigo para no parecerme a un viejo choto.