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jueves, 9 de enero de 2014

Oh, telemarketers

Aprendí con el tiempo que, contrariamente a lo que se supondría, la mejor manera de sacarte de encima a un telemarketer es tratarlo bien. Escucharlo y darle 30 segundo más en vez de insultarlo y/o cortarle es un mejor negocio de lo que parece. Evita nuevos llamados y da la oportunidad de que en los sistemas de la empresa molesta ingrese la orden "se le ofreció servicio y no se mostró interesado". Sí se corta, se maltrata o se ignora la llamada lo único que hacemos es mantener nuestros nombres y números en la lista maldita de llamadas.
Ahora, lo de ayer fue demasiado amable, me parece:
TELEMARKETER: Buenas tardes, ¿hablo con unmigone?
YO: Sí, soy yo.
- ¿Usted es unmigone?
- Sí.
- Buenas tardes, señor unmigone, le habla Araceli de Club La Nación.
- Hola Araceli.
- ¿Cómo le va señor?
- ¿Muy bien y vos?
- Bien, gracias por preguntarme.
- De nada.
(...)
?!

jueves, 15 de noviembre de 2012

¿Para qué sirven los teléfonos públicos?

En los albores de este blog una investigación propia reveló que casi ningún teléfono público funcionaba bien. En la entrada se destacaba que el uso más extensivo de los teléfonos públicos es el de "depósito de folletos promocionales, principalmente de (...) mujeres muy amables como 'Brisa y sus amigas' que te invitan a su casa (no sé bien a qué, pero estoy seguro que no es a tomar el té)". Esta vez fuimos un poco más lejos (literalmente) para descubrir que en Londres la tendencia se replica de idéntica manera. La evidencia, a continuación:
Buenos Aires
Londres

jueves, 26 de agosto de 2010

¿Funcionan los teléfonos públicos?


Mensaje para los mocosos irreverentes que nacieron con un celular bajo el brazo: hasta hace algunos años, los teléfonos públicos servían para hacer llamadas desde la calle y, con suerte, encontrar a alguien en su casa u oficina. Solían ser unas burbujas naranjas y, en vez de marcar, se discaba (literalmente). En Londres siguen exisiendo las cabinas telefónicas, rojas y pintorezcas. En Buenos Aires, cuando se privatizó Entel, las operadoras reemplazaron las burbujas naranjas por modernas y primermundistas cabinas.
Hoy, los teléfonos públicos adornan las veredas de las principales calles de la ciudad. Los celulares (más chiquitos, portátiles, en fin, prácticos) han dejado a esta extensión callejera de una línea fija casi sin razón de ser. Digo casi porque un uso muy frecuente que se le da a los teléfonos públicos es el de depósito de folletos promocionales, principalmente de profesores de guitarra y mujeres muy amables como "Brisa y sus amigas" que te invitan a su casa (no sé bien a qué, pero estoy seguro que no es a tomar el té).
Una vez por año, los diarios publican artículos sobre el ocaso de los teléfonos públicos. Algunos ejemplos más o menos recientes son éste, éste y éste.
La primera nota reproduce anécdotas medio ridículas sobre cómo era la vida cuando los teléfonos públicos eran importantes y escaseaban (aclaro que yo no recuerdo haber vivido en esos tiempos). Algunos de los pasajes más divertidos:

A fines de los 70, dos de cada tres familias no tenían teléfono en la casa. Y gran parte de la población, en la "dulce espera" de la línea hogar de Entel, estaba obligada a hacer todas sus comunicaciones desde una burbuja naranja.
Ninguna conversación era realmente privada: había que hablar desde un teléfono público y delante del público de la fila que se formaba.
"En 1987, cuando lo echaron a mi marido del trabajo, corrí al teléfono de Fitz Roy y Santa Fe para hablar con el abogado. Había una fila larguísima. Cuando me tocó el turno, no me podía comunicar. Y la señora que estaba atrás empezó a quejarse. Le respondí: «Por favor, que lo echaron a mi marido y tengo que ubicar urgente al abogado». La tercera de la fila me contestó: «¿Ah, sí? A tu marido lo echaron y el mío se fue con otra. Apurate que tengo que llamar al abogado para que lo siga»", recuerda Graciela, de Palermo.
(...)
Lo peor era que había que salir a recorrer hasta encontrar un quiosco que vendiera cospeles y volver a hacer la larga fila en la que las reglas de convivencia debían respetarse a rajatabla. Una llamada por persona. Y cuando se colgaba el tubo, aunque hubiera dado ocupado o no se pudiera establecer la comunicación, había que ceder el turno y retroceder hasta el final de la fila. Si la llamada era muy larga, había que hacer oídos sordos al mal humor del próximo en la fila, que resoplaba en la nuca de uno y hacía tintinear con nerviosismo los cospeles.

Menos mal que esos años que describe el artículo ya pasaron y hoy podemos resolver casi todas las emergencias de comunicación desde un minúsculo aparato.
Se me ocurre que, así como yo recuerdo haber visto de chico en funcionamiento los últimos buzones de correo (hoy piezas de colección y decoración), los chicos de 8-10 años podrán recordar que cuando eran muy niños todavía había gente que hablaba por teléfono público.
Para terminar, el tema que tiene que ver con el título de esta entrada. Salimos a la calle a probar los teléfonos públicos que entorpecen el paso en la avenida Santa Fe. Probamos hacer llamadas con monedas de curso legal vigente en tres teléfonos diferentes. Los resultados del experimento, a un click de distancia:

jueves, 15 de abril de 2010

La señora del 113 necesitaba descansar

Domingo a la mañana. Llueve. Nos acostamos tarde anoche y no sé qué hora es. No encuentro el celular y no veo ningún reloj a mano. Manoteo el teléfono y llamo al 113. Atiende la mimsa señora que me canta la posta desde que tengo memoria:
-10 horas, pfppffp y 9 minutos, 20 segundos... ¡piiiiip!
-¿Cómo? ¿10 y qué? No entendí señora...
-10 horas, horas, pfppffp y 9 minutos, 30 segundos... ¡piiiiip!
-¿eee?, ¿las 10 y qué? La grabación está un poco vieja, o yo muy dormido.

Le pongo el altavoz al teléfono para que Agus también escuche y trata de entender conmigo qué hora es:
-10 horas, horas, pfppffp y 9 minutos, 50 segundos... ¡piiiiip!
Seguimos sin entender ninguno de los dos. Cuando estoy por cortar resignado y buscar un reloj como la gente, la señora vueve a hablar:
-11 horas, 0 minutos, 0 segundos.
Ok, ya entendí, eran las 10 horas, 59 (cincuenta y nueve) minutos...
La señora debe estar cansada de repetir tantas veces la hora -pensé- Por eso ya no se le entiende muy bien. Me acordé que cada tanto a este personaje le hacen notas. Encuentro ésta de hace unos años y descubro algunas cosas interesantes:

  • La locutora se llama Alicia Infante
  • La grabación se hizo en 1981 y en ese entonces Alicia tenía... ¡22 años! (este dato es para mí por demás revelador; la voz de la hora, a la que toda mi vida llamé LA voz de LA señora de la hora, era en realidad la voz de una chica de 22 años)
  • Alicia no cobró un peso por el trabajo de grabar la hora
  • Sobre la logística de grabación: "Todas las horas, de la cero a la 23, los minutos del cero al 50 y todos los segundos del cero al 50, leídos de diez en diez, ocuparon nada más que tres minutos y medio de cinta magnetofónica. El material viajó a Alemania, donde se editó cada frase para dar forma al reloj parlante, que tiene las dimensiones de un placard angosto"
  • Alicia tiene un perfil de Facebook bajo el nombre La voz del 113

Hace un rato volví a marcar 113 para pedirle a Alicia -ahora la llamo Alicia- la hora. Y me sorprendí al escuchar que ahora el que te dice en qué tiempo vivimos ¡es un hombre! un locutor con la voz muy claramente impostada. ¡Pero si yo llamé el fin de semana y me atendió Alicia! ¡Exijo hablar con ella! ¿La habrán jubilado o será que las voces ahora se intercalan y se reparten los llamados aleatoreamente? Por un lado me pone contento porque, como dije, me parece que esa voz femenina necesitaba descanso. Pero por el otro no me gustaría no poder volver a hablar con ella. La voy a extrañar.
Seguiremos investigando.